Seis pequeñas memorias

cerebro
Es ayer o es lo que parece. Es de mañana y veo por primera vez el Mercado Modelo. No camino. Aún no puedo hacerlo. Un transporte liviano, que ocupa poco espacio en el espacio, me lleva por una avenida que separa Jesús María y el Cercado.

Cae la tarde y todo se ve grande. Se oyen gritos desde el dormitorio de mamá, como si pidiera auxilio. Mi abuela me coge del hombro y no deja que me vaya de ella. No me siento bien. Esa desesperación de mamá no me hace bien.

Desde el pecho siento unas ganas irrefrenables por saltar hasta mamá. Me está recogiendo del jardín de infancia. Eso no sucede a menudo, por eso no me contengo y corro a sus brazos. Caminamos por Arnaldo Márquez. Falta poco para llegar a casa. Ella se detiene sin prevenírmelo y me toma los hombros. Vas a tener un hermano, me confiesa. Yo no sé lo que es tener un hermano, pero siento que un ser desconocido me alejará de mamá para siempre.

Mi abuela me enseña el terno plomo que debo ponerme. Mamá me muestra unos zapatitos marrones que, asegura, quedarán lindos con el traje. No les creo. Me visten. No quiero que mamá amarre mis pasadores. Siempre los ajusta mucho. Los pies me duelen. Mi abuela me peina y siempre que lo hace, las cerdas del peine me raspan la cabeza. Me duele, pero no lo digo. Mamá le da la última vuelta al nudo de mis zapatos. Me duele, pero no lo digo.

Anda compra Coca Cola, me dice papá, mientras mastica pollo, sentado en el comedor. Bien helada, me grita, mientras camino a la puerta. Pienso en la capacidad que tiene para masticar y hablar a la vez. Apúrate, le oigo decir mientras cierro la reja. Me río en silencio por su voz atragantada de comida.

Odio la apariencia que muestra de mí el espejo. Papá me ha cortado todo el pelo. Así, coco, carajo, tanta huevada, justifica papá. Así el corte te durará más tiempo, advierte mamá. Además los piojos te han comido la cabeza, añade papá.

Caserita, dice con amabilidad la vendedora de frutas a mi abuela: el coloradito se está llevando las naranjas en su coche.

Quiero conocer la razón de esos gritos tan agónicos de mamá. En un descuido, consigo librarme de la mano de mi abuela. Me persigue, aunque con poca destreza. No esperaba que me escurriera así de ella. Frente a mis ojos, veo a papá pateando a mamá en el suelo. Mi abuela no puede impedirlo. Ni yo.

 

Quiero auxiliar a mamá, pero las botas de papá me asustan. Son grandes y puntiagudas. El rostro de papá me recuerda a los personajes de las portadas de esos pequeños libros del viejo oeste que tanto lee. Logro reconocer mi primera tristeza. No la entiendo del todo bien. Hasta este momento no había tenido recuerdo de tristeza alguna.

 

Mi amigo Andrés y yo estamos jugando en el recreo. Me toca subir al tobogán. Estoy distraído desde la mañana. Pienso en el hermano que está provocando una hinchazón repentina del estómago de mamá.

Hemos llegado a la Iglesia. Papá me presenta a mis padrinos antes de entrar. No los conozco. Ella es mi hermana, revela papá. Se acerca y trato de encontrarle algún parecido a papá. Me llamo Gladys y soy la hermana mayor de tu papi. La miro y pienso que ella alguna vez odió a papá. Me besa con fuerza. Su aliento me recuerda el mal olor que tienen los baños cuando no hay agua. En mis cachetes ha quedado su saliva. En verdad huele mal. ¿Cuántos años tienes?, me pregunta. Yo le enseño la palma de mi mano. Quiero que se vaya, pero no lo digo. ¡El niño está vomitando!

Camino hasta la bodega. Compro una Coca Cola de litro. No es fácil cargar la botella. Llego hasta la puerta de la casa. No puedo tocar el timbre porque está muy alto para el tamaño que tengo. No sé dónde poner la botella helada. Me quedo parado; no sé muy bien lo que se hace cuando una botella no te permite llegar hasta el timbre. Cansado de empinarme y no poder abrir la puerta, me distraigo con un ratón que está paseándose por mi jardín.

¿Y si contagias con tus piojos a tus compañeros del colegio? Es la habitual candidez de papá.

Mi abuela devuelve las naranjas al lugar de donde yo las acabo de sacar. No se cogen las frutas de la casera para ponerlas en tu coche, me resondra con ternura. Sonrío.

Quiero auxiliar a mamá, pero las botas de papá me asustan. Son grandes y puntiagudas. El rostro de papá me recuerda a los personajes de las portadas de esos pequeños libros del viejo oeste que tanto lee. Logro reconocer mi primera tristeza. No la entiendo del todo bien. Hasta este momento no había tenido recuerdo de tristeza alguna.

Sin notarlo, Andrés me jala de la camisa, por la espalda, porque cree que le estoy quitando el turno en el tobogán. Veo que la escalera se aleja de mis ojos. Por algunos segundos, me siento volar. Todo se oscurece bruscamente. No quiero un hermano.

El sacerdote toma fuerte mis cachetes y me echa agua en la cabeza. Ya estás bautizado, exclama papá. El agua gotea de mi pelo y la dejo caer en mi rostro. Así se irá el mal olor de saliva de mi madrina, pienso. ¿A dónde vamos?, pregunta el padrino que no conozco. Al chifa, se anticipa mamá. La miro, como diciéndole que ella sabe que no me gusta el chifa.

Camina ligero el pequeño roedor. Se sube a la servilleta de tela que llevo en mi lonchera al colegio. A mamá se le ocurrió colgarla en una planta de granadas, a la entrada de la casa. Es tarde para darme cuenta que la botella se está resbalando de mis manos.

Papá y mamá celebran mi nuevo corte de pelo. Verlos juntos me recuerda la tarde en la que él hundió sus botas en ella. ¿Por qué mi papá nunca pudo ser vaquero?, pregunto para mis adentros.

No sé si puedo coger una naranja con la mano. Sólo pienso que me he divertido como pocas veces lo lograría años después.

Mamá trata de defenderse con los pies. Está en el suelo. Grita. Llora. Pide ayuda. Los está viendo el niño, dice la abuela, con prudente distancia; sin entrar al dormitorio que mis padres comparten ocasionalmente. No sé qué hacer. Se me ocurre gritar. Papá detiene la pateadura.

Abro los ojos y veo a papá. Estoy echado en una habitación que no es mía. Todo huele a algodón y a baño limpio. Te has desmayado hijito, me dice con su habitual preocupación, te caíste de cabeza. Estoy mareado y me doy cuenta que estoy en una clínica. Pienso en el hermano que está por nacer. Me duele la cabeza. Mi papá me mira y se ve triste.

Papá, mamá, mis padrinos desconocidos y yo estamos en un chifa de San Isidro. Piden arroces y fideos que no les conozco sabor. Me resigno a tomar Inca Kola. Ya estás bautizado y eso se celebra, me dice papá. Pienso que se está burlando de mí.

La botella cae al suelo. Estalla en varios pedazos. Algunos cortan mi pierna derecha en escasos segundos. Siento que el vidrio corta mi piel. Más que por dolor, lloro por el temor de no haberle llevado la Coca Cola a papá. Me atormenta la idea de un correazo de papá. El dolor en la pierna es insoportable. Estoy gritando. Hay mucha sangre y gaseosa mojando mi cuerpo. Estoy en el piso.

Me pongo el pantalón corto del uniforme. Es difícil conseguir que la insignia se quede fija en la posición que quiero. Me molesto, pero no lo digo.

Luego de despedirse de la casera, la abuela me lleva a un pequeño puesto de tunas. Pide al vendedor que corte tres y las tres tienen color diferente. Ella me lleva a la boca un pedazo de cada tuna. He manchado mi boca, mi cuello, mi ropa y el coche.

Papá pasa por mi costado en silencio. Mamá lo insulta mientras se esfuerza en ponerse de pie. Mi presencia es inadvertida por los dos. Mamá me saca de su camino para ir detrás de papá. No me puedo mover. Estoy asustado. Escucho a papá insultando a mamá y a mamá insultando a papá. No dejan de gritarse. Me tapo las orejas.

Me duele la cabeza. Papá me dice que mamá no pudo venir porque se sentía mal. Pienso que mamá se siente mal desde que la barriga comenzó a crecerle.

Todos han terminado de comer arroces, fideos y algunos menjunjes con carnes de varios colores. Papá me lleva a un pequeño puente de agua que, después de la Inca Kola, es lo mejor que tiene ese chifa. Me está tomando muchas fotos. Tengo hambre.

Me carga. La sangre ha manchado toda su ropa. Me lleva a la sala. Me sienta en el sillón. Corre al comedor para pedir ayuda. Veo caer la sangre del sillón al suelo. Papá quiere llevarme a algún lugar, pero la conmoción no lo deja pensar. Pide ayuda a mamá. El carro acaba de arrancar. Me sienta en el asiento del copiloto. La inmensa herida parece hablarme con palabras de sangre interminable. Mi piel se entrecierra y solo se abre para arrojar grandes chorros de sangre. Veo una presencia blanquecina entre la sangre que mancha mi piel rota. Papá acelera descontroladamente. Salpico de sangre el viejo automóvil de papá.

Papá me está llevando al colegio y en su nuevo equipo estéreo suena it’s a mistake. Quizá esté arrepentido por la golpiza, pienso, mientras oigo lo mal que tararea el coro. Formo en la fila y veo que papá no para de tomarme fotos. A lo lejos, me pide a gritos, al lado de otros papás, que sonría. Me esfuerzo por hacerle caso. Cierro la boca y confirmo, al hurgar con la lengua, que me falta uno de los dientes frontales. Me avergüenzo, pero no lo digo.

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