Perdió la izquierda, pero ganó el Perú

 

 

Foto: Correo

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Hasta esta hora, pasada ya la medianoche, todo indica que la segunda vuelta se disputará entre Keiko Fujimori y Pedro Pablo Kuczynski. Un resultado inesperado, a decir de los sondeos que circularon a lo largo de toda la semana de prohibición de encuestas. Entre el 4 y el 9 de abril, se produjo una subida consistente de Verónika Mendoza, y una subida lenta de Pedro Pablo Kuczynski. Al mirar las curvas de VM y PPK, la tendencia al alza favorecía a la primera y dejaba a PPK peleando el segundo lugar por décimas; casi ya en bajada al tercer puesto. Una mayoría consistente de analistas y periodistas, entre los que me incluyo, veía más probable una segunda vuelta entre dos mujeres. Pero algo parece haber ocurrido entre el 6 y el 9 de abril, sobretodo si miramos las cifras de Ipsos en el voto de VM. La encuesta que circuló el 6, le daba a VM 20.1% de intención de voto; y el 9 de abril, la misma cifra: 20.1%; con lo que, a simple vista, se reflejó un claro estancamiento en la subida que venía mostrando la candidata de la izquierda.

Mi impresión es que VM se estancó por algunos aspectos cruciales:

1) La aparición de Marco Arana en los medios. Lo había tenido escondido en cuanta actividad pública tuvo, hasta antes del debate; por cargar una imagen de anti y de estar asociado a las lentejas (o sea, dinero a cambio de negociar una protesta que se decía justa y en defensa del ambiente) de su amigo Pepe Julio Gutiérrez, hoy en la cárcel por traficar con la protesta contra Tía María. Arana se despachó en una entrevista de El Comercio, un día antes del debate, diciendo que no sabía si escoger entre el Ministerio de Energía y Minas o del Ambiente; o sea, sintiéndose ya con el poder en la mano. Craso error. Además de que en la puerta del horno se te puede quemar el pan, cosa que parece haber ocurrido, nunca puedes ser tan angurriento de mostrarte tan dueño de la torta y del cuchillo para cortar el pastel a tu regalado gusto. Al pueblo no le gusta la repartija. Así, Arana quedó al desnudo. Por algo lo habían tenido escondido en toda la campaña del FA.

2) La denuncia que involucró al padre de VM con la minería informal. Ella respondió desafiante a la acusación, exigiendo que no se metieran con su padre. Salir con ese argumento fue una tremenda contradicción, si miramos la feroz campaña contra Keiko Fujimori por la consabida mochila que carga por culpa de su progenitor, preso en la Diroes. Después VM contraatacó afirmando que “no soy quien postula para ayudar a su papá”. El problema estuvo en que la denuncia puso en evidencia una peligrosa dicotomía que, al final, jugó en contra de ella: ¿VM no quiere minería formal, pero su padre es un minero informal? ¿Cómo así se muestra tan dura contra la gran minería y tan blanda, y hasta cómplice, con una minería que no tributa, daña el ambiente y encima lo hace en un Parque Arqueológico?

3) La aparición de Gregorio Santos. Además que el candidato reo no había podido exponer su plan en toda la campaña, por su condición de presidiario; cuando lo pudo hacer, o sea en el debate, lo hizo con una prenda roja que en estas lides es todo un distintivo. VM optó por el fucsia que, aunque muy de Tinta, no era la ropa que distingue a un candidato de izquierda para el referente común. Más aún cuando en toda la campaña del 2011, se había hablado del cambio del polo de Ollanta Humala: del rojo al blanco. Aunque salteándonos el asunto de las perchas, el discurso de Santos parece haber calado en el elector que vota rojo en el Perú. Es decir, GS le quitó electores a VM y tuvo mucho que ver en que no haya pasado a la segunda vuelta. Así, Santos pasó de una votación de 0,5 a bordear el 4%. Tanto así que cuando, en ese mismo debate, Barnechea le pregunta a GS qué lo diferencia con VM, el reo no supo qué responder. Al final, GS se salió con la suya. Ganó en Cajamarca y le quitó votos no solo a VM sino también a su exaliado y hoy enemigo, el excura Marco Arana. En promedio, GS terminó arrebatándole entre 2 y 3 puntos a VM.

4) El miedo al abismo. VM fue transparente en el debate del 3 de abril. Cambio de constitución, nuevo modelo, no a la gran minería, modelo rojo en vitrina. Sospecho que una buena parte del voto por lo nuevo, que se había visto reflejado con Guzmán (y que vio inicialmente, cándidamente, en VM una opción similar a él), se horrorizó al escucharla predicando un discurso idéntico al de la izquierda de los setentas y ochentas. Los que vivieron de niños, y otros muy jóvenes, la catástrofe del modelo velasquista (que, ojo, se extendió después de la dictadura militar y se cortó recién en 1992) parece que reaccionaron y se dieron cuenta que votar por VM era votar por Velasco y la C79. Otro grupo de electores, más pragmáticos, pensaron que perder dos años en cambiar la constitución era una incertidumbre sin diagnóstico y saltaron a una opción que se aleje de lo radical. ¿Conclusión? El voto de izquierda puro y duro no cala en el elector promedio. ¿Otra conclusión? Que el elector promedio no quiere cambiar la actual constitución ni el modelo económico.

Pierde entonces VM por errores de último momento, pero principalmente por plantear un modelo desfasado y plagado de incertidumbre y zozobra para la clase media. Porque el modelo de VM es, como ya ha pasado en el Perú, desaparecer a la clase media y crear una economía de privilegios; o sea, subsidios, sectores serviles que se favorecen del poder a costa del empobrecimiento de las grandes mayorías, recorte de libertades y un sinfín de ajustes que esta patria ya sufrió; y los resultados de esas recetas antojadizas y anacrónicas han terminado en indigestiones aquí.

Se abre el camino, entonces, de una segunda vuelta que confronte dos programas que, a la postre, van a procurar afinar el actual modelo; no cambiarlo radicalmente y cortar de raíz más de 20 años de crecimiento y transformación indiscutibles. La discusión entonces, de aquí al 5 de junio, será de cómo reactivar la economía, diversificarla sin perder al gran capital, atraer mayor inversión para dinamizar este modelo y acercarlo —con producción, empleo y oportunidades— a ese bolsón de peruanos que no siente aún la vorágine que marcó un parteaguas en este Perú que, según todos los indicadores, bajó la pobreza del 60% al 22%; el mayor logro de nuestra república desde su fundación.

Esta segunda vuelta nos permite entonces mirar al Perú hacia adelante, con optimismo y gobernabilidad de cara al bicentenario. Más allá de si Keiko o PPK ganen la elección, lo que nos deja la primera vuelta es un triunfo del Perú y su futuro. Ese es el norte que divisaremos mejor en estos 55 días que tenemos para elegir a quien gobernará nuestros destinos.

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